Autorretrato de una desaparición
Es difícil ver las fotografías de Francesca Wood como autorretratos, aunque eso es exactamente lo que son, quizá porque en la mayoría está a punto de desaparecer. En unas fotografías puede parecer esconderse o estar lista para escapar; en otras aparece como un manchón fantasmal cubierto con un mantel o un papel tapiz viejo.
En enero de 1981, Francesca Wood se quitó la vida, saltando de un edificio. A raíz de su suicido se convirtió en un prodigio en el mundo de la fotografía, un mundo dominado por hombres. Etiquetada como la última gran fotógrafa Modernista, con su trabajo siguió una tradición iniciada por surrealistas como Man Ray, Hans Bellmer y Claude Cahun.
Durante su corta carrera Francesca usó distintas cámaras y formatos de película, aunque la mayoría de sus fotografías son de formato medio. Su legado consta de 10,000 negativos y un poco más de 800 impresiones, de las cuales sólo unas pocas han sido exhibidas. Sus fotografías se caracterizan por una exposición larga, sus movimientos capturados como borrones, creando un ambiente misterioso y drámatico, como si hubiese olvidado la cámara en alguna casa encantada. Su trabajo es simple y espontáneo, no tenía límites y creaba arte a partir de la nada: cuartos vacíos con papel tapiz viejo y su figura. Una vez alguien le preguntó porqué estaba obsesionada con fotografiarse ella misma y Francesca respondió: “Es una cuestión de conveniencia, siempre estoy disponible.”








